QUINCE MINUTOS EN COMPAÑIA DE JESUS SACRAMENTADO.
(Imagínate que es Nuestro Señor Jesucristo quien te dice estas palabras, quien te hace estas preguntas, y después de cada una, o al menos de alguna o algunas de ellas, reflexiona un momento y dale contestación). No es preciso, hijo mío, saber mucho para agradarme mucho; basta que me ames con fervor. Háblame pues, aquí sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu madre, a tu hermano. ¿Necesitas hacerme en favor de alguien una súplica cualquiera? Dime su nombre, bien sea el de tus padres, bien el de tus hermanos y amigos, dime enseguida qué quisieras hiciese actualmente por ellos. Pide mucho, mucho: no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos, que llegan a olvidarse de sí mismos, para atender a las necesidades ajenas. Háblame así con sencillez, con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos a quienes veas padecer, de los extraviados que anhelas volver al buen camino, de los amigos, ausentes que quisiera ver ...