LA VERDADERA REVOLUCION

Hace algunos años vi en una revista unas viñetas que me llamaron mucho la atención. En la primera de ellas aparecía una avenida de una gran ciudad abarrotada de tráfico. En la segunda, todos los hombres que venían en su coche gritaban furibundos: “¡Oye tú, que vas en sentido contrario!”. En la tercera, aparecía Jesús, con la cruz acuestas, que caminaba en sentido opuesto a la circulación vial. ¡Manera simpática de comunicar una enorme verdad! Efectivamente, Jesús va siempre “en sentido contrario”, en contra del pensar y del sentir común de la gente.

Se suele decir en el lenguaje coloquial que “de tal palo, tal astilla”. Y también podemos aplicar este sentir de la sabiduría popular a nuestro Señor. Si Dios Padre es “la mar de raro”, nada raro que Jesús sea la mar de desconcertante. Obra igual que su Padre. Por eso el Evangelio está tan lleno de paradojas: el que quiera salvar su vida, la perderá para poder encontrarla; el que quiera ser ensalzado, deberá humillarse; el que quiera seguir a Cristo, deberá negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día; el que quiera ser grande, ha de ser el servidor de todos, pues los más grandes en el Reino de los cielos son los niños y los que se hacen pequeños como ellos; el que quiera vivir y tener fruto, debe caer en tierra, como el grano de trigo, morir y pudrirse; y el que lleva fruto, será podado y castigado, como los sarmientos de la vid, para que dé más fruto.

La predicación de Cristo rebosa por doquier de este tipo de “contradicciones” humanas. Y para otro botón de muestra, tenemos el texto evangélico del día de hoy. Nuestro Señor llama bienaventurados a los pobres, a los hambrientos, a los que lloran y a los que son odiados, insultados y proscritos a causa de Su nombre. San Mateo completa la lista que nos da san Lucas añadiendo cinco más: bienaventurados los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos y los que padecen persecución por la justicia. Lucas sólo nos transmite cuatro bienaventuranzas, pero las contrapone con cuatro amenazas: ¡Ay de los ricos, de los que están hartos, de los que ahora ríen y de aquellos que son alabados por todos!…

¡Definitivamente, Jesús es desconcertante y su mensaje totalmente opuesto a los criterios del mundo! Va contra corriente. La gente -y tal vez nosotros estamos incluidos en esta “gente” piensa que los hombres verdaderamente felices y dichosos son los ricos, los poderosos, los “importantes”, los “grandes”, los que parece que tienen todo y gozan de los placeres del mundo, los que ríen, los fuertes y prepotentes, los que logran imponer a los demás la ley de su propio capricho Pero nuestro Señor se pone de la parte opuesta, del lado de los pobres, de los débiles, de los marginados y perseguidos ¡Cristo está loco o es un revolucionario!

Y, sin embargo, la experiencia de la vida da razón a las enseñanzas de Jesús. Los pobres son los hombres auténticamente felices y dichosos. Pero cuando el Señor habla de “los pobres” no se refiere sólo a los que no tienen nada, materialmente hablando; a los que carecen de toda cosa terrena; ni son dichosos por el simple hecho de carecer. No está proclamando la lucha de clases ni está promoviendo -como algunos teólogos así llamados “de la liberación” creen la dictadura del proletariado. San Mateo añade una frase muy importante que nos ayuda para interpretar correctamente el pensamiento de nuestro Señor: bienaventurados los pobres “de espíritu”. Aquí está la clave. Un “pobre de espíritu” es aquel que confía ciegamente en el amor y en el poder de Dios, y que se abandona como un hijo pequeño en los brazos de su Padre, con la certeza de que todo lo recibirá de su Providencia amorosa. Por supuesto que esto no lo lleva a la holgazanería, sino a la verdadera paz del corazón. Puesto que tiene toda su confianza puesta en Dios, sabe que Él, como Padre bueno y cariñoso, todo lo dispondrá para su mayor bien, incluso aquello que podría parecer, humanamente, menos bueno. Como dice san Pablo, “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rom 8, 28). Sí, incluso los sufrimientos, los dolores, las penalidades y tribulaciones de esta vida. Él sabe mucho mejor lo que nos conviene, aunque nosotros no lo veamos ni lo entendamos.

Jeremías expresa esta misma idea de un modo rotundo: “maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en el desierto y no verá llegar el bien. Pero bendito el hombre que confía en el Señor y pone en Él su confianza: será como un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa sus raíces; cuando llegue el estío, no lo sentirá, sus hojas estarán verdes y siempre dará frutos” (Jer 17, 5-8).

La verdadera pobreza evangélica es la del hombre que desapega su espíritu de todas las cosas que tiene, remite a Dios toda preocupación por las cosas temporales y vive en este mundo como peregrino en camino hacia la posesión eterna de Dios. La pobreza así entendida mantiene el alma abierta a Dios, en actitud de total “expectativa”, pues todo lo espera de Él; crea un clima espiritual propicio a la docilidad interior, a la oración y a la unión con Dios, porque enseña al hombre a vivir en continua dependencia del Creador. La riqueza, en cambio, se puede convertir en cerrazón a Dios, porque, con el apego a tantas cosas baladíes, el corazón termina por llenarse de tierra y se ciega ante lo trascendente; la abundancia de cosas materiales puede ser, además, una tentación insidiosa para poner la propia seguridad en los medios humanos o económicos, que conduce a la autosuficiencia, a la presunción farisaica y a la búsqueda de una satisfacción meramente personal y egoísta.

La pobreza evangélica, por su parte, engendra la justicia y la misericordia, alimenta la esperanza, educa a la paz, al diálogo, al servicio del prójimo, aumenta el amor y dona serenidad y alegría espiritual.Éste es el mensaje revolucionario que nos trajo nuestro Señor. Éste es el punto de arranque de las demás bienaventuranzas, porque quien vive esta pobreza sustancial es humilde, tiene fe y confianza en Dios, sabe amar con auténtica caridad a Dios y a sus semejantes. Ojalá que también nosotros seamos secuaces de este gran “revolucionario” del amor, que es Jesús de Nazaret. ¡Ésta es una revolución transformante, la locura que cambiará el mundo!






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