ES LA LUZ QUE DISIPA A LA OSCURIDAD

Ahora toda la creación está invitada a alegrarse y rego­cijarse, porque la resurrección de Cristo ha abierto los ce­rrojos del infierno, los nuevos bautizados han renovado la tierra y el Espíritu Santo abre el cielo. El infierno, boqui­abierto de admiración, deja salir a los muertos, de la tierra renovada germinan los resucitados, el cielo abierto acoge a los que suben hasta él. El ladrón ha escalado el paraíso, los cuerpos de los santos tienen acceso a la ciudad santa, los muertos regresan junto a los vivos. Como en un despliegue de la resurrección de Cristo, todos los elementos son trans­portados hacia lo alto. El infierno deja escalar las cumbres a los que hasta ahora tenía retenidos, la tierra envía al cielo a los que había sepultado, el cielo presenta al Señor a todos los que recibe. Con un solo movimiento la pasión del Señor nos saca de los bajos fondos, nos eleva de la tierra y nos co­loca en los cielos. La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores y gloria para los santos. David compromete a la creación entera a festejar la resu­rrección de Cristo al decir que hay que alegrarse y regoci­jarse en este día que ha hecho el Señor. (…)
La luz de Cristo es un día sin noche, un día sin fin. Res­plandece e irradia por todas partes sin conocer el ocaso. Es el día de Cristo. Lo dice el Apóstol: La noche está avanzada, el día está más acerca. La noche está avanzada y no volverá más. Entiéndelo: una vez aparecida la luz de Cristo, las tinieblas del diablo han emprendido la fuga y la oscuri­dad del pecado no vuelve más; las brumas del pasado han quedado disipadas por el esplendor eterno. (...) Porque el Hijo es este día mismo a quien su Padre, el día, ha comunicado el íntimo secreto de su divinidad. Él es el día que ha dicho por boca de Salomón: He alzado en el cielo una luz sin ocaso.
Igual que la noche no puede se­guir al día celestial, tampoco las tinieblas pueden seguir a la justicia de Cristo. El día celestial resplandece, chisporrotea y brilla sin cesar, y no puede quedar ensombrecido por nin­guna oscuridad. La luz de Cristo luce, brilla e irradia con­tinuamente y las brumas del pecado no pueden cubrirla. Por eso dice San Juan Evangelista: La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no han logrado extinguirla. (…) Por eso, hermanos, tenemos que alegrarnos en este santo día. Que nadie se sustraiga al gozo común por ser consciente de sus pecados, que nadie se aleje de la oración del pueblo de Dios por el peso de sus faltas. Ningún pecador tiene que desesperar del perdón en este día privilegiado. Porque si el ladrón obtuvo la gracia del paraíso, ¿cómo el cristiano no va a obtener la del perdón?
P. Max Alexander
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