Una lectura desde la fe católica

Una lectura desde la fe católica
Un mensaje que penetra en la propia vida desde la fe, porque la Palabra de Dios es viva, eficaz, y tajante más que una espada.
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net



Leemos un pasaje de la Biblia. En el corazón surgen preguntas o dudas. ¿Cómo interpretarlo? ¿A quién se refiere? ¿Qué quiso decir el autor sagrado? ¿Qué pretendía comunicar Dios a la gente de aquel tiempo? ¿Qué nos dice a nosotros, después de tantos siglos que nos separan de un pasado que parece remoto?

Quisiéramos tener a alguien a nuestro lado para comprender, para penetrar en el mensaje que Dios quiere dejar en nuestras almas. Nos sentimos como el etíope eunuco de los Hechos de los apóstoles, que preguntaba: “¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?”. Quisiéramos, entonces, encontrar a un Felipe que nos explicase el sentido de la Palabra de Dios... (cf. Hch 8,27-39).

En realidad, tenemos ya quien nos ayuda a comprender el mensaje divino. La Iglesia, desde la luz del Espíritu Santo, con el trabajo de miles y miles de obispos y sacerdotes, ha ofrecido y ofrece a cada generación la Palabra que salva.

Es importante recordarlo: los católicos vivimos como miembros vivos de una comunidad de creyentes. Nuestra fe no es un acto aislado, como el del explorador que empieza a caminar, entre las sombras, en medio de un bosque desconocido. La fe nos une a la comunidad, nos hace Iglesia, nos acerca a quienes tienen la misión de enseñar, regir y santificar a los bautizados.

Es hermoso, entonces, acoger tantas ayudas y guías que nos ofrecidas para recibir un mensaje que viene de Dios. Un mensaje, lo sabemos, que se expresa en gestos y en palabras, que está en la Biblia y en la Santa Tradición (cf. constitución dogmática Dei Verbum del Concilio vaticano II). Un mensaje que penetra en la propia vida desde la fe, porque “la Palabra de Dios es viva, eficaz, y tajante más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hb 4,12).

La fe nos lleva, entonces, a leer la Palabra en comunidad. Porque, “si ningún hombre es una isla, tanto menos lo es el cristiano, que descubre en la Iglesia la belleza de la fe compartida y testimoniada junto a los demás en la fraternidad y en el servicio de la caridad” (Benedicto XVI, Ángelus, 5 de septiembre de 2010).

Esa comunidad, Iglesia fundada por Cristo, nos ayuda a entender el mensaje, a vivir el Evangelio, a transmitirlo a quienes viven a nuestro lado.

Lo sabemos: “la Palabra de Dios no está encadenada” (2Tm 2,9). Conocerla y comunicarla con el testimonio de la propia vida y con palabras que se nutren con la fuerza del Espíritu Santo son la consecuencia suave de quien repite, como el profeta: “Se presentaban tus palabras, y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón” (Jer 15,16).
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