HORA SANTA



El sol brilla, enorme, candente, encandilante, en medio de desierto. El aire sofoca. Arena y polvo vuelan enloquecidas en el viento. Los labios se agrietan sobre las bocas resecas. Falta agua, el hambre aprieta.
La caravana avanza lentamente. Los hombres arrastrando sus armas; las mujeres apenas sosteniendo sus bultos y enseres; y los niños ya sin fuerzas ni siquiera para llorar.

Y, al frente, el caudillo alucinado, empecinado en la marcha. “ ¡Allá, allá! ” Apunta al horizonte lejano. “ Allá esta la tierra prometida; la tierra que mana leche y que mana miel ”. Los hombres aguzan los ojos; entrecierran los párpados las mujeres y se empinan en los pies. Pero, ni siquiera el engaño del espejismo: el horizonte es polvo, viento, hirviente sol.
Y hambre, y sed.

Sí: los han sacado de Egipto. Eran esclavos; y el hombre enviado por Dios los ha liberado. Pero ¿para qué quieren la libertad en este desierto hostil? ¿Quién se acuerda ahora de los latigazos de los capataces, de las cabezas gachas, de la amargura de la servidumbre?

¡Ah! Cuándo aprieta el tormento de la sed ¡qué bellas y frescas aparecen en el recuerdo las aguas del Nilo! Y, en medio del hambre, ¡qué banquete parecen las ollas de carne que allá comían! Y, cuando la arena se mete en los ojos y en la boca y en los oídos ¡ah! ¡el recuerdo de las sólidas paredes de las casas allá dejadas! ¡Qué importa la esclavitud cuando hay agua, comida, techo y pueden las madres cantar el arrorró a su niños y, a la tarde, los jóvenes danzar y cantar a la luz de las fogatas! ¿Por qué se nos habrá ocurrido prestar oídos a este loco y a su libertad y a su tierra prometida?

Los hombres murmuran, protestan sordamente las mujeres, y el clamor llega a Moisés: “ Ojalá –cuenta la Biblia- el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Nos has traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud ”

Se eleva la queja al cielo.
Y también ora Moisés:”¿ Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué, señor, no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mi la carga de todo este pueblo?”
Y Dios escucha. Y responde: “ Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo ”.
Y el maná cae como copos de nieve refrescante para alimentar a su pueblo. Y las fuerzas vuelven, y el desierto ya no parece tan desierto, y los cuerpos agobiados ya pueden erguirse nuevamente, y mirar al horizonte –y hasta parece que ya, a lo lejos, pero no tan lejos, se ve algo- y, restaurados, siguen la marcha hacia la tierra prometida.

También Jesús un día llamó a nuestras puertas. Nos sacudió, nos despertó. Estábamos en Egipto, entorpecidos por el mundo que nos rodeaba, esclavos del ambiente, esclavos de nuestra pereza, de nuestros gustos, de nuestra mediocridad, de nuestros sentidos. Bajábamos la cabeza ante los capataces del mundo, de la moda, del qué dirán. Humillábamos nuestra inteligencia ante la opinión de los otros, de los diarios, de las revistas, del cine, de la televisión. Comíamos de las ollas de carne de la pavada cotidiana, de la charla tonta, de la fiesta, del bailecito, del chisme de familia, de oficina y entre vecinos. Se nos hacía agua en la boca ante las pirámides de las riquezas, de los autos último modelo, de la técnica, de los negocios y de las vidrieras de los supermercados. Bebíamos en las tranquilas aguas del Nilo nuestra pachorra burguesa –o nuestra rebeldía adocenada- buscando el placer y la comodidad. Que los látigos de los capataces siglo XX ya no duelen, sino que hipnotizan y acarician, engañan y adormecen. Quizá sí, un día, hirientes, silbarán, pero ya será tarde para escapar.

Sí, así estábamos. Hasta que un día tú, Señor, Moisés, Jesús, nos llamaste y despertaste. Nos hiciste sentir la bajeza de nuestra condición esclava y nos mostraste el sublime camino de la libertad. Tu evangelio nos habló de otros senderos; nos excitó a la lucha y al combate; nos señaló el horizonte estupendo de tu compañía en la eternidad.

Y, entonces, abandonamos Egipto -¿te acuerdas?-. Aquella vez que, harto de mis pecados, me volví a Ti y tu me sonreíste. O esotra, a lo mejor, cuando, después de ser cristiano durante tanto tiempo, me di cuenta finalmente lo que ser cristiano quería en serio decir. O, quizá, esa vez que, cansado de tanta nauseabunda chatura y mediocridad, me sacudiste con tu mirada de jefe. O esa otra en que, después de tanto tiempo, me confesé. O aquel retiro cuando me alisté en tus filas. O, simplemente, cuando de niño crucé el mar rojo del las aguas del bautismo y esa semilla creció siempre en medio de mi familia buena. Sí: me llamaste y tomé tu bandera y te seguí al desierto. Hacia la prometida tierra.

Pero ¿para qué lo vamos a negar Señor? Al principio corríamos entusiasmados. Todo parecía fácil. ¡Qué alegría ardía en nuestro pecho! ¡Descubrir la belleza del darse a los hermanos, del ser dueño de si mismo, del ser amigos tuyos, del vivir con la frente bien alta!
Pero, el camino es largo. No es la huida presurosa de un día. Es la marcha fatigosa y lenta de los años. Y tus desiertos, Señor, a veces, se transforman en calvarios. Y, perdóname Señor, si te lo digo ¡qué lindo aparece Egipto a nuestro lado! Y ¡qué lejos, qué nublado e inasible, se nos aparece tu cielo prometido! ¡Qué tentación las ollas de carne egipcia!
Sí, cristianos. Dios, Jesús, Moisés, no nos ha llamado a un fácil camino. Sed y hambre habrá. Y espina y clavos. Las oscuras noches de la oración no respondida; del precepto exigente; de los fracasos; de las caídas; del llamado de Egipto; de las penas; de la salud herida; de las ingratitudes y abandonos.
Y tendremos hambre y tendremos sed. Y solo habrá, para nosotros, hiel y vinagre.
Pero, Jesús ya lo sabe. Y Jesús no te deja solo. Y Jesús calma tu hambre. Y Jesús hace llover sobre tu alma hambrienta el pan de los ángeles.

“Yo soy el pan de vida” –dijo-.
“El que viene a mi jamás tendrá hambre;
“El que cree en mi jamás tendrá sed.”
“Yo soy el pan de vida”.
“Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para el que lo coma no muera.”
“Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que coma este pan vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.”
Cuando se haga penoso tu camino; cuando te tiente Egipto; cuando quieras reponer tus fuerzas y seguir el combate; cuanto te abrume el estar solo entre tantos egipcios porteños que se burlan; cuanto te apriete la angustia, el dolor, o la soledad y se empañe tu esperanza de eternidad; ¡soldado, ven al sagrario, Jesús te da su pan!
Canto: “Cuerpo y sangre de Jesús”.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
Amén

Oremos en silencio cinco minutos.


Señor Jesús, Pan aquí presente en la multiplicación milagrosa de los sagrarios; Dios todopoderoso, caudillo nuestro que te nos das en este maná. Preso en el copón. Preso esta noche, mañana morirás en el calvario.
No prometemos acompañarte –al menos no te lo prometemos en alta voz, para que no nos oigan: Pedro gritó su promesa delante de los demás y después te negó tres veces-. Queremos hacerte, en cambio, una promesa más modesta, silenciosa y tímida. Una promesa condicional, humilde; porque nos conocemos y nos sabemos débiles:
Si Tu nos lo pides; si nos das las fueras; si es necesario; si nos acompañas; ¡que se haga en nuestra vida tu voluntad!; aún –y “si es posible apártese de mi este cáliz”- aún si nos quieres llevar a la Cruz.
Pero, entonces, no nos niegues nunca de este Pan. Que encontremos aquí el gozo y aliento de tu compañía; que, en tu sagrada mesa, repongamos nuestras fuerzas y encontremos ayuda para nuestra debilidad. Amén.

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

Canto: “Alabado sea el Santísimo…”

C. Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.
P. Sea por siempre bendito y alabado.
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