BASTA LA BIBLIA PARA SALVARSE???.


Como surgió la Biblia?
Acaso la escribió Jesús?....


LA REVELACIÓN
Es la manifestación de Dios y de su voluntad acerca de nuestra salvación. Esta contiene dos elementos: verdades que hay que creer y mandamientos que hay que observar. Además se realiza mediante hechos y palabras, íntimamente ligados entre sí.
1.- Revelación natural
Dios empezó a revelarse (manifestarse) mediante la creación. Todo lo que nos rodea nos habla de la existencia, del poder y del amor de Dios. Todo lo que vemos, representa una huella de su presencia.
En realidad lo que se puede conocer de Dios no es un secreto para ellos, pues Dios mismo se los dio a conocer. Pues, si bien no se puede ver a Dios, podemos, sin embargo, desde que él hizo el mundo, contemplarlo a través de sus obras y entender por ellas que él es eterno, poderoso, y que es Dios (Rom 1,19-20).
2.- Revelación sobrenatural o divina
Tratándose de un conocimiento algo difícil, desde la antigüedad Dios empezó a revelarse mediante los profetas, realizando un contacto más directo con los hombres.
Cristo, «con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de verdad, lleva a plenitud toda la Revelación» (Dei Verbum, 7).
Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por medio de su Hijo (Heb 1,1-2).
Cristo es la máxima revelación de Dios:
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14,9).
Al mismo tiempo es el Evangelio de Dios, es decir la Buena Noticia que Dios da a la humanidad.
Arrepiéntanse y crean en el Evangelio (Mc 1,15).
Es decir, «dejen su manera de pensar y actuar y crean en mí, que soy el Evangelio de Dios». En realidad, el Evangelio no es un mensaje y nada más; antes que nada es una persona, Cristo mismo. Por lo tanto, todo lo que Cristo hizo y enseñó es Evangelio, es decir, Buena Noticia, en cuanto manifiesta el poder y el amor de Dios en nuestro favor.
Yo escribí en mi primer libro
todo lo que Jesús hizo y enseñó (Hech 1,1).
El hecho fundamental, mediante el cual Jesús se transformó en Evangelio de Dios para toda la humanidad, fue su pasión, muerte y resurrección, lo que se llama «Misterio Pascual». Jesús es el verdadero cordero pascual, por cuya sangre quedamos a salvo. Mediante Jesús, el Nuevo Pueblo de Dios pasa de la muerte a la vida, de la esclavitud del pecado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios.


TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA
Pues bien, ¿qué hizo Jesús para que su Evangelio llegara a todo el mundo, es decir para que Él mismo se hiciera presente en todo el mundo como Evangelio de Dios, mediante su Palabra y sus hechos salvadores?
Aquí empieza el problema de la diferencia entre los católicos y los evangélicos. Para los evangélicos, basta la Biblia. En la Biblia está la salvación y basándose en la Biblia cada uno puede fundar «su» Iglesia, como comunidad de creyentes salvados.
Pero no es así. Para que la salvación, es decir el Evangelio, llegara a todo el mundo, Jesús no escribió nada. Lo que hizo fue fundar la Iglesia, dirigida por los apóstoles con Pedro a la cabeza. Esta Iglesia hará presente a Jesús en todo el mundo como Evangelio de Dios, es decir como Buena Noticia salvadora, no un libro llamado Biblia.
«Dios quiso que todo lo que había revelado para la salvación de todos los pueblos, se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo nuestro Señor, plenitud de la Revelación (Cf. 2Cor 1,20 y 3,16-4,6), mandó a los apóstoles predicar a todo el mundo el Evangelio como fuente de toda la verdad salvadora y de toda norma de conducta» (Dei Verbum, 7).
Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo (Mt 28,19-20).
Vayan por todo el mundo
y proclamen la Buena Nueva a toda la creación (Mc 16,15).

Aquí notamos como Jesús ordenó «predicar», «proclamar», no «escribir» su Evangelio. Y de hecho todos los apóstoles «predicaron» la Buena Nueva de Cristo, mientras solamente algunos escribieron algo, muchos años después de haber predicado.


1.- La Tradición


Este mensaje, escuchado por boca de Jesús, vivido, elaborado y transmitido oralmente por los apóstoles, se llama Tradición.
Yo trasmití a ustedes
lo que yo mismo recibí (1Cor 15,3).
Pues bien, hasta el año 50 de nuestra era, la Tradición fue la única base de la predicación de los apóstoles y sus colaboradores.


2.- La Biblia

Parte de este mensaje, proclamado oralmente, fue puesto por escrito por los mismos apóstoles u otros inspirados por el Espíritu Santo, dando origen al Nuevo Testamento.
Sobre ciertos libros, desde un principio no hubo ninguna duda, como por ejemplo algunas cartas de San Pablo que pronto fueron consideradas como Palabra de Dios a la par que los libros del Antiguo Testamento (2 Pe 3,16).
Pero sobre otros libros hubo ciertas dudas, hasta que los obispos católicos hicieron la lista completa de los libros inspirados por Dios y los incluyeron, dando origen a lo que llamamos el Nuevo Testamento (Sínodo Romano: año 382; Concilio de Hipona: año 393; Concilio de Cartago: año 397).
¿Y qué pasó después? Que los grupos separados de la Iglesia Católica aceptaron el Nuevo Testamento, así como salió de las manos de la Iglesia Católica y rechazaron a la misma Iglesia, considerada como infiel. Evidentemente se trata de un absurdo. Sería como querer la leche y rechazar la vaca; querer el coco y rechazar la palmera.
Además, si de veras la Iglesia que fundó Cristo se hubiera vuelto infiel, ¿qué garantía tendríamos para afirmar que el Nuevo Testamento es «Palabra de Dios»? Ninguna. En efecto, la única garantía que tenemos es el hecho que el Nuevo Testamento salió de aquella única Iglesia que fundó Cristo, Iglesia que es «columna y apoyo de la verdad» (1Tim 3,15) y que por lo tanto no se puede desviar por ningún motivo.


BIBLIA Y TRADICIÓN
Así que la Biblia no contiene toda la Tradición. Esta es más amplia. Lo afirma el mismo San Juan:
Jesús hizo muchas otras cosas.
Si se escribiera una por una,
creo que no habría lugar en el mundo
para tantos libros (Jn 21,25).
No todo lo que se escribió se ha conservado, como por ejemplo una carta de San Pablo, anterior a la primera carta a los Corintios (1 Cor 5,9).
Además la misma Biblia hace referencia a la Tradición oral como base de la fe de los creyentes. En ninguna parte de las Sagradas Escrituras se dice que la Biblia contiene toda la Revelación o que es suficiente para salvarnos.
San Pablo, para confirmar la fe de los cristianos, no usa solamente la Palabra de Dios escrita, sino recuerda de una manera especial la Tradición o predicación oral, cuyo contenido viene desde un principio y es el Evangelio de Dios.
Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí,
todo lo que me han visto hacer, háganlo. (Filip 4,9)
Fíjense bien: No dice San Pablo: «Hagan solamente lo que les escribí». San Pablo habla en un sentido más amplio, refiriéndose a todo lo que les transmitió.
Lo que aprendiste de mí, confirmado por muchos testigos, confíalo a hombres que merezcan confianza, capaces de instruir después a otros (2 Tim 2,2).
Esta es la Tradición: se recibe el mensaje y se transmite, hasta el fin del mundo.
Hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros de viva voz o por escrito (2Tes 2,15).
Aquí vemos cómo la Tradición oral primitiva sigue transmitiéndose «de viva voz o por escrito», teniendo la misma importancia las dos formas de transmisión. En realidad, una vez que se escribió el Nuevo Testamento, no se consideró acabada la Tradición, como si estuviera contenida completamente en la Escritura. Esta es una idea que surgió entre los protestantes, unos 1,500 años después. La Biblia no dice esto. Si ellos aman la Biblia, ¿por qué no reconocen en ella una enseñanza tan clara acerca del valor de la Tradición?


TRADICIONES HUMANAS
Algunos grupos no católicos alegan que Jesús condenó las tradiciones de los hombres (Mc 7,1-14). Claro. Pero aquí nosotros no estamos hablando de las tradiciones de los hombres, sino de la Tradición divino-apostólica, es decir del mismo Evangelio, que los apóstoles recibieron de Jesús, vivieron y trasmitieron; Evangelio que será predicado por la Iglesia que fundó Cristo hasta el fin del mundo.
Lo que rechazó Jesús, fue la actitud de los judíos que en nombre de «sus» tradiciones invalidaban la ley de Dios. ¿Qué dice el mandamiento de Dios? «Honrarás a tu padre y a tu madre» (Lc 18,20). Y ellos «inventaron» una norma que se hizo «tradición: «Si tú consagras al templo tus bienes, los puedes disfrutar tranquilamente, mientras vivas y a tu muerte pasan al templo. Por mientras, no estás obligado a socorrer a tus papás, si se encuentran en alguna necesidad».
Así que, mediante una «tradición humana», los judíos hacían inválido un mandamiento «divino». Esto es lo que condena Jesús y nada más. No hay que confundir entre «tradiciones humanas» y la «Tradición» que viene desde Cristo y los Apóstoles (2Tes 2,15).
TESTIMONIO DE SAN IRENEO
En la Iglesia Católica, al contrario, hubo siempre una conciencia clara sobre la importancia de la Tradición, sin quitar a la Biblia el valor que tiene. Es suficiente escuchar el testimonio de San Ireneo (140-205 d.C.):
«En todas las Iglesias del mundo, se conserva viva la Tradición de los apóstoles, pues podemos contar a todos y cada uno de sus sucesores hasta nosotros. Como sería largo enumerar aquí la lista de los obispos que sucesivamente ocuparon la silla de los obispos que ordenaron los mismos apóstoles, basta citar la silla de Roma, la mayor y la más antigua de las Iglesias, conocida en todas partes y fundada por San Pedro y San Pablo. La Tradición de esta sede basta para confundir la soberbia de aquellos que por su malicia se han apartado de la verdad; pues, ciertamente la preeminencia de esta Iglesia de Roma es tal, que todas las Iglesias que aún conservan la Tradición apostólica están en todo de acuerdo con sus enseñanzas».


MAGISTERIO
«La Tradición y la Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia. (...) El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» (Dei Verbum, 10).
Los sucesores de los apóstoles son los encargados de entender sin errores el mensaje recibido y transmitirlo fielmente, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo (Cf. Mt 28,20).
El haber descuidado un aspecto tan importante, ha dado origen a tantos errores y un sinfín de sectas.
Cumpliendo fielmente con su tarea de vivir, meditar y transmitir el depósito revelado, la Iglesia va aclarando la Palabra de Dios, haciendo explícito lo que estaba implícito en ella. En este sentido, la Tradición divino-apostólica va creciendo, como sucede en cualquier organismo vivo, que se desarrolla teniendo en cuenta las circunstancias concretas en que se mueve, sin dejar de ser el mismo de antes.
Es precisamente esto el sentido de las definiciones dogmáticas, hechas por el Magisterio de la Iglesia, como por ejemplo, la infalibilidad del Papa, la Inmaculada Concepción de la Virgen y su Asunción al cielo en cuerpo y alma.

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