El cuadro clínico de la dolencia Protestante según San Ignacio de Loyola




de Pedro Kike Briceño, el jueves, 13 de octubre de 2011 a la(s) 17:52 ·




Por protestantización, entendemos un cambio complejo de la
fe, de la religiosidad, de la sensibilidad, la piedad y la cultura
católica. Se manifiesta principalmente en una disminución del afecto y
la adhesión al Papa, a la Eucarística y a María. Este cambio consiste en una ruptura [1] latente con la tradición y la doctrina católicas que comienza como una exigencia de reforma y termina con la ruptura manifiesta con
la comunión eclesial. Se ha señalado también que el lenguaje
protestante es más bien dialéctico y contrapone los opuestos como
disyuntiva: o, o; mientras que el lenguaje católico une los opuestos y
los concilia: y, y.


San Ignacio de Loyola nos dejó un diagnóstico y una semiología de la Reforma protestante en sus: Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener. El título mismo de estas Reglas, nos enseña que la protestantización se presenta ante todo y visiblemente como una crisis del sentido común eclesial, del sentir católico. Para Ignacio, la expresión tiene el mismo sentido que en Pablo, cuando habla de tener un mismo sentir
entre los hermanos en la fe y con Cristo: “siendo todos de un mismo
sentir [...] tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo
Jesús” (Filipenses 2, 2.5).


La tentación ‘protestante’ entendida así, como ruptura de la unidad
espiritual, está presente desde los orígenes. La quiebra inicialmente
oculta, la ruptura con el sentido común católico, se manifiesta visible y exteriormente en forma de desobediencia: “depuesto todo juicio contrario [elemento interior oculto] debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en
todo [manifestación externa] a la verdadera esposa de Cristo que es la
nuestra santa madre Iglesia jerárquica” (EE 353). La existencia de una
voluntad rebelde puede pasar inadvertida para el clínico, si se la toma
como una inocente indisciplina.


Pero Ignacio percibió que la desobediencia de los reformadores era,
en su esencia, 1) una crisis del sentido de comunión eclesial, 2) un
defecto de la fe y 3) un error de la doctrina eclesiológica que
implicaba: 4) otros dos errores, uno cristológico y otro pneumatológico.


San Ignacio percibió que la crisis de comunión –
oculta bajo apariencia católica todavía o ya abiertamente protestante –
pasaba en primer lugar por la pérdida del sentido de obediencia a la
“Esposa de Cristo, nuestra santa madre Iglesia jerárquica” [Regla 1ª EE
353]. Una pérdida que se manifestaba en su comienzo principalmente como
un debilitamiento de la adhesión al Papa y al sacerdocio ordenado y que
podía llegar a convertirse en una aversión violenta y en una abierta
rebelión. A esta debilidad o quiebre de la fe eclesiológica le subyace
una debilidad paralela de la fe en el vínculo amoroso que une al Señor
con su Iglesia y en la acción del Espíritu Santo en Cristo y en su
Esposa: ”creyendo – dice Ignacio – que entre Cristo Señor, esposo, y la
Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige” [Regla
13ª; EE 365]. No se trata pues de un mero problema disciplinar sino de
una desobediencia que nace de un espíritu de impugnación; se
trata de una rebeldía espiritual, que se origina en una debilidad de la
fe y culmina en la pérdida de la fe católica y una separación de la
comunión eclesial.


De este afecto rebelde, observable también hoy tanto en algunos
fieles católicos como protestantes, nacen todas las impugnaciones
disciplinares y de aspectos particulares de la vida eclesial. La terapia
del mal que propone Ignacio no pasa ni por la polémica ni por la
impugnación. A este mal opone San Ignacio aquel afecto creyente y
católico que aprueba y alaba los usos católicos impugnados. Alabanza de
la práctica sacramental, confesar con sacerdote [2] ,
comulgar con la mayor frecuencia posible, oír misa a menudo, cantos,
salmos y oraciones en el templo y fuera de él, oficio divino y horas
canónicas. Alabanza no solamente de los sacramento sino también de los
sacramentales, puestos bajo sospecha o acusación de ser prácticas
supersticiosas: vida religiosa y votos de religión, virginidad,
continencia, devoción a los santos y a sus reliquias, invocación de su
intercesión; peregrinaciones, indulgencias, cruzadas; agua bendita,
incienso, escapularios y medallas, bendición de personas, de animales y
de objetos, de imágenes, de casas y edificios; candelas encendidas,
ayunos y abstinencias, tiempos litúrgicos; penitencias internas y más
aún externas (cilicios, disciplinas); ornamentos litúrgicos, edificios
de iglesias [3] . Hoy habría invitado a alabar el uso del velo para orar las mujeres, y de reclinatorios [4] . Alabar la abundancia de retablos e imágenes sagradas tenidas en veneración [5] .
Alabar preceptos de la Iglesia, sus tradiciones y costumbres de los
mayores. Alabar la teología positiva y también la escolástica [6] .


Este elenco permite comprobar en qué y en qué medida, según los
lugares, personas, parroquias, órdenes y congregaciones religiosas,
estos usos han sido y siguen siendo impugnados, abandonados o
combatidos, sea mediante cuestionamientos teóricos sea mediante burlas; o
están en regresión o en proceso de desaparición. Y esto demuestra hasta
qué punto permanece viva la tentación interior contra la comunión.


Para terminar señalemos un hecho: la protestantización es hoy una
epidemia del catolicismo en Latinoamérica donde asistimos a un verdadero
éxodo de fieles católicos hacia los cultos pentecostales o evangélicos. Unos, en su mayor parte los
profesionales e intelectuales, porque se han enfriado en su pertenencia
católica debido a la transculturación a la cultura globalizada
adveniente y dominante. Otros porque van a buscar fervor en los cultos
pentecostales; o respaldo moral y solidaridad comunitaria en comunidades
evangélicas. Otros porque caen en las redes de un pseudocristianismo sin cruz que les promete el pare de sufrir. Pero
el actual abandono multitudinario de la comunión católica es el
desenlace final de un mal que se venía incubando desde mucho antes
debajo de las apariencias exteriores de la comunión eclesial católica.


Después de describir el síndrome protestante, sus síntomas y su
naturaleza íntima, escuchemos las voces de atentos observadores de la
realidad eclesial, que han señalado la presencia actual del mal y nos
permitirán comprender mejor su naturaleza, sus causas y su desenlace.
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