"REFLEXION OVEJAS DE UN SOLO PASTOR"

de Servicio Bíblico Católico Paita (SBC)

El ser humano, en demasiadas ocasiones, se entrega en manos no recomendables para su vida y para su existir. Así, por ejemplo, si es mundano, no hace ascos a cualquier novedad que se le presente y se siente feliz cuando está “a la última” porque vivir así puede darle la impresión de ser una buena forma de pasar por este mundo.
También es posible que, en otros casos, se someta el hombre a cualquier pensamiento ideológico que malverse su dignidad pero que le ofrezca una existencia ideal alejada de cualquier daño o perjuicio personal.
Son, así, muchas las formas que la criatura que Dios creó y que puso en el mundo para que lo dominara, entiende tal dominación y tal forma de ser.
Sin embargo, las personas que nos consideramos hijos de Dios y que vamos peregrinando por este mundo a conciencia de serlo, sabemos que sólo hay un Pastor, un Pastor Bueno, que nos lleva al redil del Creador y nos permite ser libres: Dios.
A la hora del Ángelus del 22 de julio de este 2012, Benedicto XVI manifestó lo que supone sentirse oveja de un Pastor Bueno. Fue cuando dijo, refiriéndose a Dios como Pastor de la humanidad, que
“Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, quiere guiarnos hacia buenos pastos, en el que podemos alimentarnos y reposar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos al destino de nuestro camino, que es precisamente la plenitud de la vida. Eso es lo que cada padre y cada madre quiere para sus hijos: el bien, la felicidad, la realización. En el Evangelio, Jesús se presenta como el Pastor de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Su mirada sobre la gente es una mirada ‘pastoral’. Por ejemplo, en el Evangelio de este domingo, se dice que al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tiene pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas’ (Mc. 6, 34). Jesús encarna a Dios Pastor con su forma de predicar y con su obra, cuidando de los enfermos y de los pecadores, de los que están “perdidos” (cf. Lc. 19,10), para traerlos de vuelta a salvo, en la misericordia del Padre.”
Es bien cierto que Cristo, muchas veces, se daba cuenta de que aquellos que le seguían estaban, en realidad, como ovejas que, al no tener pastor, se pierden por los muchos montes del mundo. Por eso las llama y por eso mismo enseña la santa doctrina de su Padre.
Cuando Jesús habla, atrae hacia sí a los que le escuchan y hace suyos sus corazones. Ejerce de Buen Pastor y provoca, en las ovejas que se siente agradecidas, el amor hacia su divina persona. Son, en tal momento, felices como aquellas que, al perderse, se dan cuenta de que su guardián ha acudido en su busca y ha dejado a las demás esperando donde no huirán.
Dios es quien envía a Cristo a ser Buen Pastor. Y la voluntad de Dios es que sigamos a quien ha enviado con el cayado de Su santa Ley y con el morral de su Palabra con la nos alimenta día a día y con las que nos garantiza el disfrute y goce de la vida eterna.
Sin embargo, en no pocas ocasiones, solemos ser ovejas negras.
Cuando nos alejamos de Dios por intereses del mundo hacia nosotros y por habernos atraído la mundanidad y el exclusivo goce carnal, entonces no somos ovejas que permanecen en su redil sino perdidas que huimos creyendo que será mejor vivir alejados de la mano de Dios y del consejo sabio de Su Hijo.
Somos, también, malas ovejas cuando tratamos de sembrar, entre el resto de comunidad, la semilla de cizaña que colabora con el Mal a desprestigiar a la Esposa de Cristo. Y sin, con ello, buscamos algún tipo de beneficio eclesiástico o algo por el estilo… entonces aún nos quedamos más alejados del redil donde el Buen Pastor pone a sus ovejas buenas que son aquellas que no huyen para buscar algo que consideran mejor porque, en realidad, no han comprendido ni la vida de su Pastor ni lo que dice Quien las cuida.
Ser ovejas de un Buen Pastor nos hace un gran bien. Es, es cierto, uno que no lo es económico ni mundano sino de los que no corroe la polilla ni se pierden para siempre y que consiste en reconocerse en el camino recto hacia el definitivo Reino de Dios para ocupar alguna de las estancias que nos está preparando Cristo, en su otro redil, allá donde siempre es siempre y lo malo ha pasado.


Ser ovejas de un Buen Pastor es algo que también debemos agradecer a Dios y que nunca deberíamos tener por imposible. De todas formas, el Creador nos da la posibilidad de serlo… "si queremos".

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