Dos argumentos contra el protestantismo, La definición del canon bíblico y El fundamento del dogma de la Santísima Trinidad

Dos argumentos contra el protestantismo

por Daniel Iglesias
Categorías : Teología dogmática

BIBLIA

Los católicos creemos que todos quienes han recibido un bautismo válido (como el de las comunidades eclesiales protestantes históricas) son verdaderos cristianos, aunque no estén en perfecta comunión con la Iglesia Católica, la verdadera Iglesia de Cristo. Por ende, los protestantes son nuestros hermanos en la fe, aunque “hermanos separados”. En este artículo presentaré dos cuestionamientos a los fundamentos doctrinales de esa separación.

1. La definición del canon bíblico

En el contexto de la doctrina católica, el problema de la definición del canon bíblico (pese a su larga y complicada historia) admite una solución que básicamente es muy sencilla: la Iglesia fundada por Cristo y asistida por el Espíritu Santo tiene autoridad suficiente para determinar el canon bíblico, es decir para discernir cuáles libros están inspirados por Dios y cuáles no.

La Iglesia no es una mera organización humana, sino una institución divina y humana a la vez. El Espíritu Santo guía a los Pastores de la Iglesia para que ellos conduzcan a todo el Pueblo de Dios por caminos de fidelidad a la Palabra de Dios en Cristo. En esa Iglesia, por voluntad de Dios, hay diversas instancias de autoridad (los Obispos, sucesores de los apóstoles) pero hay también una autoridad última e inapelable (el Papa, sucesor de Pedro, la roca de la Iglesia). Por eso, cuando Roma habla con intención de definir una cuestión teológica, la discusión termina (1). La autoridad conferida por Cristo a Pedro y sus sucesores les permite dirimir de una vez para siempre cuestiones teológicas como la del canon bíblico.

En cambio, en el contexto de la doctrina protestante el problema del canon bíblico es completamente insoluble. La Biblia misma no determina el canon bíblico. Por lo tanto, dado el principio protestante de que la Biblia es la única autoridad en materia religiosa, no queda en pie autoridad alguna que pueda determinar el canon bíblico.

De hecho, los protestantes recibieron el canon bíblico (en principio) de la Iglesia Católica, aunque luego Lutero –contradictoriamente y sin fundamento válido alguno– se arrogó el derecho de modificar ese canon, quitando de la Biblia a siete libros del Antiguo Testamento.

En definitiva, para los protestantes la Biblia es un conjunto (o lista) no infalible de libros que infaliblemente transmiten la Palabra de Dios. La Carta a los Gálatas transmite infaliblemente la Palabra de Dios, pero el protestante no puede tener certeza de que esa Carta sea realmente Palabra de Dios.

La “solución protestante” del problema del canon bíblico (y de muchos otros problemas doctrinales) es demasiado “humana". Cada protestante apela directamente a la asistencia del Espíritu Santo para sostener su propia interpretación de la Sagrada Escritura, pero esas interpretaciones se contradicen entre sí. Unos protestantes creen en la validez del bautismo de los niños y otros no; unos protestantes creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y otros no; unos protestantes apoyan la legalización del aborto y otros no; y así sucesivamente, hasta el infinito… Por lo cual hoy hay decenas de miles de “iglesias” protestantes enfrentadas entre sí.

Pero en el problema del canon bíblico su posición es aún más débil, porque la Biblia no dice nada sobre cuál es concretamente el canon bíblico. ¿Cómo sabe el protestante que la carta a los Romanos es un libro inspirado por Dios? ¿Porque lo dice Lutero? ¿Quién dio a Lutero autoridad para decidir esa cuestión? ¿Y quién le dio autoridad para definir que los siete libros “deuterocanónicos” no son inspirados por Dios? En su rebelión contra la autoridad auténtica (de origen divino), los protestantes terminan sometidos a autoridades falsas, de origen meramente humano.

2. El fundamento del dogma de la Santísima Trinidad

Los protestantes, como los católicos, creen en la Santísima Trinidad; pero además creen en el principio protestante de la “sola Escritura” (2). Sin embargo, el dogma de la Santísima Trinidad no está enunciado explícitamente en ningún lugar de la Sagrada Escritura. Por supuesto, está contenido implícitamente en la Escritura, pero no de un modo tan evidente que no se hayan necesitado muchas intervenciones de Papas y Concilios de los primeros siglos de la era cristiana para evitar las interpretaciones erradas de la Biblia acerca de esta cuestión esencial de la fe cristiana (nada menos que nuestra noción de Dios). He aquí pues otra gran contradicción: los protestantes aceptan la doctrina de los primeros Concilios Ecuménicos (Nicea, año 325; Constantinopla I, año 381; Éfeso, año 431; Calcedonia, año 451; etc.) con respecto al dogma de la Trinidad (y también, dicho sea de paso, con respecto al dogma de la Encarnación) y niegan la autoridad de esos mismos Concilios (y todos los posteriores) sobre todos los demás temas teológicos.

El dogma de la Santísima Trinidad no puede ser deducido de la Sagrada Escritura de un modo tan fácil que haga innecesaria la ayuda de la Sagrada Tradición de la Iglesia para evitar los errores y herejías en ese punto fundamental. Las grandes disputas teológicas de los primeros siglos de la era cristiana sobre los dogmas de la Trinidad y la Encarnación serían totalmente inexplicables si esos dogmas pudieran deducirse muy fácilmente de la sola Escritura. Incluso grandes teólogos católicos ortodoxos (es decir, de doctrina verdadera) discutieron entre sí sobre estos temas, porque la terminología teológica no estaba bien definida, y así unos y otros daban significados diferentes a términos como “naturaleza” o “persona”.

En el caso de las disputas teológicas sobre la Trinidad se ve claramente que la función del Magisterio de la Iglesia no es inventar dogmas que no estaban contenidos en la Divina Revelación, sino preservar el depósito de la fe mediante interpretaciones autorizadas de la Revelación, que declaran su auténtico sentido y ayudan a toda la Iglesia a avanzar en su comprensión. El Magisterio brinda así a todo el Pueblo de Dios un servicio esencial: el servicio de la verdad.

La falta de un auténtico Magisterio de la Iglesia conduce inevitablemente a la confusión y la dispersión de los cristianos. No en vano las herejías antitrinitarias de los unitarios, los Mormones y los Testigos de Jehová surgieron y prosperaron en ambientes protestantes.

En suma, si hoy los protestantes creen que Dios es uno en naturaleza, sustancia o esencia (un solo Dios), y trino en personas, hipóstasis o subsistencias (Padre, Hijo y Espíritu Santo), eso se lo deben a la Tradición de la Iglesia Católica que, a través de todo lo que ella es y cree, transmite la verdad revelada; y a los Papas y Concilios que, con la autoridad conferida a ellos por el mismo Jesucristo, resolvieron de una vez para siempre las principales cuestiones teológicas sobre la Santísima Trinidad.

Daniel Iglesias Grèzes

Notas:

1) “Roma locuta causa finita” (“Roma ha hablado, la discusión ha terminado”) es un principio teológico, no histórico. De hecho algunas discusiones teológicas prosiguieron después de la decisión final del Papa; pero de derecho deberían haber terminado y terminaron en la perspectiva católica ortodoxa.
2) Ese principio (que dice que la Divina Revelación es transmitida sólo en la Sagrada Escritura, y no también en la Sagrada Tradición de la Iglesia) es claramente auto-contradictorio, porque él mismo no está contenido en la Biblia, ni implícita ni explícitamente.

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