La apostasía que viene

La cristiandad está comenzando a vivir los días de la apostasía.

Tiempos peligrosos

En 2ª a Timoteo, capítulo 3, se nos muestra en qué consiste esta apostasía de los postreros días: «También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos». La palabra ‘peligrosos’ se puede traducir también como ‘trabajados’.

Tiempos trabajados. Es decir, tiempos donde hay que esforzarse. Tiempos cansadores. Los postreros tiempos para los cristianos serán tiempos de agotamiento, en que parece que hay un gran peso sobre el corazón que impide caminar con agilidad, con prestancia. Tiempos trabajados, porque cuesta mantener la fe, porque el gozo de la salvación pareciera que rápidamente se pierde, porque cuesta caminar en santidad, porque el ambiente está corrompido, porque el pecado ha sobreabundado.

Los cristianos de los postreros días deben saber esto: por causa de la apostasía, el amor de muchos se enfriará y será difícil caminar. Son tiempos peligrosos, agobiantes.

Intelectualmente desarrollados

En el versículo 2 se comienza a explicar por qué serán tiempos trabajados o peligrosos: «Porque habrá hombres amadores de sí mismos». Ellos son idólatras, y el principal fetiche en su idolatría son ellos mismos. Ellos tienen un altar en su corazón donde se inclinan ante su propia figura.

Luego dice: «avaros». En otra versión dice así la frase completa: «Amadores de sí mismos y del dinero». En vez de ‘avaros’ dice ‘y del dinero’. ¿Conoce a alguno de éstos usted? Puede que tengan mucho, pero no se conforman con lo que tienen. Pese a su mucho dinero, no tienen paz, no hallan descanso. El dinero es para ellos un ídolo.

También dice que son vanagloriosos. Vanagloriosos, que buscan el aplauso, que buscan aparecer ante los demás. No aceptan sufrir, les gusta el placer, aman gozar de los deleites del pecado.

«Hombres soberbios», dice luego. Éstos no se inclinan ante nadie. Los soberbios son altivos, orgullosos; son duros. Su corazón es más duro que la piedra, es como el pedernal. Tocarlos a ellos es como tocar un vidrio. Se mantienen siempre muy erguidos aunque la vida los golpee. Pueden estar derrotados, pero siguen siendo soberbios. Pueden estar al borde de la muerte, pero siguen muy erguidos. Esos son los hombres de los postreros días, tanto los vanagloriosos como los soberbios.

Luego dice más abajo: «implacables ... crueles, aborrecedores de lo bueno». Si nosotros tuviéramos que resumir en qué se parecen todos estos hombres aquí descritos, podríamos decir que son personas fuertes intelectualmente, autosuficientes, exitosas, personas que tienen una mente muy hábil. Ellos conocen las ciencias, han alcanzado altas etapas en los estudios. Ellos consideran que la fe es vana, creen que el hombre se basta a sí mismo, y que, aun si Dios existiera, no necesitarían de él.

Ellos han llenado los colegios y las universidades. Nuestros jóvenes están siendo víctimas de su incredulidad, de su altivez, de su vanidad, de su ateísmo, de su humanismo. Nuestros jóvenes y niños están recibiendo la semilla de muerte en sus mentes. Están siendo conducidos por sus filosofías extrañas y huecas sutilezas: la Nueva Era, el humanismo, las filosofías orientales. 

¡Oh, es una pesada carga soportarlos a ellos con su pedantería! Son impíos. Se burlan de los que creen, de los que esperan en Dios. Ellos son los burladores que dicen: «Desde el principio de la Creación las cosas han sido igual. ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?» –refiriéndose a Cristo. Ellos se ríen, se burlan. Tienen teorías para explicar todas las cosas; con su vana palabrería envuelven a los incautos para hacer creer que sus teorías son válidas, que sus demostraciones están comprobadas, que sus asertos son correctos. ¡Oh, la vanamente llamada ciencia, que ha vuelto engreídos a los hombres, como si sus principios fueran irrefutables! Son los adoradores de la ciencia.

Son los intelectualmente desarrollados. También están éstos en los ambientes cristianos. Son los teólogos, los doctores de la ley, que se llenan la mente con teorías, tratando de explicar lo inexplicable. Son los que tratan con una mente finita de entender a un Dios infinito. Y están diseminados por toda la cristiandad. Escriben gruesos libros, y tienen cátedra en los principales lugares de instrucción religiosa.

Tal vez a todo este grupo lo podemos resumir bajo esta característica: tienen un alma desarrollada, una mente fuerte. Ellos no creen a la Palabra, no le creen al Señor. Conocen muchas cosas acerca de Dios, pero no conocen a Dios. Conocen muchas cosas acerca de Jesús; sin embargo, se dan el vano lujo de dudar de su deidad, de su resurrección, de su nacimiento virginal, de sus milagros. Ellos ostentan la vanidad de poner en duda las sanas palabras de Dios reveladas en las Escrituras.

Tenemos que denunciarlo: la apostasía ya está llegando. Estamos viéndonos rodeados de ella.

La cristiandad está comenzando a vivir los días de la apostasía.

Tiempos peligrosos

En 2ª a Timoteo, capítulo 3, se nos muestra en qué consiste esta apostasía de los postreros días: «También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos». La palabra ‘peligrosos’ se puede traducir también como ‘trabajados’.

Tiempos trabajados. Es decir, tiempos donde hay que esforzarse. Tiempos cansadores. Los postreros tiempos para los cristianos serán tiempos de agotamiento, en que parece que hay un gran peso sobre el corazón que impide caminar con agilidad, con prestancia. Tiempos trabajados, porque cuesta mantener la fe, porque el gozo de la salvación pareciera que rápidamente se pierde, porque cuesta caminar en santidad, porque el ambiente está corrompido, porque el pecado ha sobreabundado.

Los cristianos de los postreros días deben saber esto: por causa de la apostasía, el amor de muchos se enfriará y será difícil caminar. Son tiempos peligrosos, agobiantes.

Intelectualmente desarrollados

En el versículo 2 se comienza a explicar por qué serán tiempos trabajados o peligrosos: «Porque habrá hombres amadores de sí mismos». Ellos son idólatras, y el principal fetiche en su idolatría son ellos mismos. Ellos tienen un altar en su corazón donde se inclinan ante su propia figura.

Luego dice: «avaros». En otra versión dice así la frase completa: «Amadores de sí mismos y del dinero». En vez de ‘avaros’ dice ‘y del dinero’. ¿Conoce a alguno de éstos usted? Puede que tengan mucho, pero no se conforman con lo que tienen. Pese a su mucho dinero, no tienen paz, no hallan descanso. El dinero es para ellos un ídolo.

También dice que son vanagloriosos. Vanagloriosos, que buscan el aplauso, que buscan aparecer ante los demás. No aceptan sufrir, les gusta el placer, aman gozar de los deleites del pecado.

«Hombres soberbios», dice luego. Éstos no se inclinan ante nadie. Los soberbios son altivos, orgullosos; son duros. Su corazón es más duro que la piedra, es como el pedernal. Tocarlos a ellos es como tocar un vidrio. Se mantienen siempre muy erguidos aunque la vida los golpee. Pueden estar derrotados, pero siguen siendo soberbios. Pueden estar al borde de la muerte, pero siguen muy erguidos. Esos son los hombres de los postreros días, tanto los vanagloriosos como los soberbios.

Luego dice más abajo: «implacables ... crueles, aborrecedores de lo bueno». Si nosotros tuviéramos que resumir en qué se parecen todos estos hombres aquí descritos, podríamos decir que son personas fuertes intelectualmente, autosuficientes, exitosas, personas que tienen una mente muy hábil. Ellos conocen las ciencias, han alcanzado altas etapas en los estudios. Ellos consideran que la fe es vana, creen que el hombre se basta a sí mismo, y que, aun si Dios existiera, no necesitarían de él.

Ellos han llenado los colegios y las universidades. Nuestros jóvenes están siendo víctimas de su incredulidad, de su altivez, de su vanidad, de su ateísmo, de su humanismo. Nuestros jóvenes y niños están recibiendo la semilla de muerte en sus mentes. Están siendo conducidos por sus filosofías extrañas y huecas sutilezas: la Nueva Era, el humanismo, las filosofías orientales. 

¡Oh, es una pesada carga soportarlos a ellos con su pedantería! Son impíos. Se burlan de los que creen, de los que esperan en Dios. Ellos son los burladores que dicen: «Desde el principio de la Creación las cosas han sido igual. ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?» –refiriéndose a Cristo. Ellos se ríen, se burlan. Tienen teorías para explicar todas las cosas; con su vana palabrería envuelven a los incautos para hacer creer que sus teorías son válidas, que sus demostraciones están comprobadas, que sus asertos son correctos. ¡Oh, la vanamente llamada ciencia, que ha vuelto engreídos a los hombres, como si sus principios fueran irrefutables! Son los adoradores de la ciencia.

Son los intelectualmente desarrollados. También están éstos en los ambientes cristianos. Son los teólogos, los doctores de la ley, que se llenan la mente con teorías, tratando de explicar lo inexplicable. Son los que tratan con una mente finita de entender a un Dios infinito. Y están diseminados por toda la cristiandad. Escriben gruesos libros, y tienen cátedra en los principales lugares de instrucción religiosa.

Tal vez a todo este grupo lo podemos resumir bajo esta característica: tienen un alma desarrollada, una mente fuerte. Ellos no creen a la Palabra, no le creen al Señor. Conocen muchas cosas acerca de Dios, pero no conocen a Dios. Conocen muchas cosas acerca de Jesús; sin embargo, se dan el vano lujo de dudar de su deidad, de su resurrección, de su nacimiento virginal, de sus milagros. Ellos ostentan la vanidad de poner en duda las sanas palabras de Dios reveladas en las Escrituras.

Tenemos que denunciarlo: la apostasía ya está llegando. Estamos viéndonos rodeados de ella.

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