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sábado, 16 de febrero de 2013

¿PARA QUÉ LAS TENTACIONES?

¿PARA QUÉ LAS TENTACIONES?


Estamos en el primer domingo de cuaresma.
Todos sabemos que en los tres ciclos (A, B y C) los Evangelios sinópticos nos hablan de las tentaciones de Jesús en este día.
El problema podemos encontrarlo en estas palabras de san Lucas:
“El Espíritu Santo lo fue llevando por el desierto mientras era tentado por el diablo”.
San Mateo nos lo pone peor: “fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”.
Nuestra pregunta es:
¿El Espíritu Santo tentó a Jesús?
Debe quedar muy claro que no. Tengamos en cuenta estas palabras de Santiago: “cuando alguien se vea tentado que no diga “es Dios quien me tienta”; pues Dios no es tentado por el mal y Él no tienta a nadie”.
Por un lado nos tientan las propias pasiones y por otro el mismo diablo, como dice el Evangelio de hoy.
Antes de seguir, también es importante que recordemos que la tentación nunca es pecado.
El pecado es caer en la tentación. Por eso Jesucristo nos dirá que cuando recemos digamos “no nos dejes caer en la tentación”.
Por otro lado, sabemos que muchos santos se han purificado con la tentación e incluso han adquirido grandes méritos venciendo fuertes tentaciones.
Y ahora volvamos a la enseñanza concreta que nos da nuestro compañero de viaje litúrgico, san Lucas, comenzando por un detalle.
“Durante cuarenta días… estuvo en el desierto”.
Benedicto XVI nos recordaba en la catequesis del miércoles pasado:
“Comenzamos el tiempo litúrgico de la cuaresma, cuarenta días que nos preparan para la celebración de la santa pascua”.
Después de pedirnos que nos esforcemos en crecer en la vida espiritual, el Papa nos habla del número cuarenta que aparece varias veces en la Biblia:
“Los cuarenta años que el pueblo de Israel peregrinó por el desierto: un largo periodo de formación para convertirse en pueblo de Dios, pero también un largo periodo en el que estuvo siempre presente la tentación de ser infieles a la alianza con el Señor”.
Cuarenta fueron también los días de camino del profeta Elías hasta el Horeb, y Jesús en el desierto, antes de iniciar su vida pública, pasó cuarenta días y cuarenta noches, incluida las tentaciones.
En la primera tentación de Jesús el diablo le dice: “si eres el hijo de Dios dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contesta “no sólo de pan vive el hombre”.
Después lo lleva el diablo a una altura y le ofrece todos los reinos de la tierra, si es que lo adora.
Jesús lo calla también con otro texto bíblico: “al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto”.
Finalmente, el diablo coloca a Jesús en el alero del templo y le dice que se tire, porque Dios mandará sus ángeles para que no tropiece en las piedras.
Jesús termina el diálogo con otro versículo de la Biblia: “No tentarás al Señor tu Dios”.
Es interesante pensar cómo el diablo y los suyos emplean la Biblia para tentar, sacando los textos bíblicos de su contexto.
Jesús, en cambio, usa la Escritura, sin manipularla para aclarar la situación.
Benedicto XVI nos ilumina con estas palabras que aclaran el núcleo de las tres tentaciones que experimentó Jesús:

“Reflexionar sobre las tentaciones a las que es expuesto Jesús en el desierto es una invitación para cada uno de nosotros para responder a una pregunta fundamental: ¿qué es lo más importante en mi vida?
Las pruebas a las cuales la sociedad actual somete al cristiano son muchas y tocan la vida personal y social. No es fácil ser fieles al matrimonio cristiano, practicar la misericordia en la vida cotidiana, dejar espacio a la oración y al silencio interior; no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran normales, como el aborto en caso de un embarazo no deseado, la eutanasia en caso de enfermedad grave, o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias.
Siempre se hace presente la tentación de separar la fe y la vida”.
La conversión será la respuesta que tendremos que dar a Dios muchas veces en la vida.
El prefacio de hoy explica por qué Jesús fue al desierto a hacer penitencia y cuál es la lección que nos da a nosotros en este domingo:
Jesucristo “al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado; de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba”.
Es muy importante que nuestra mente y corazón no queden únicamente en la cuaresma, en el ayuno y en la mortificación, sino que veamos que todo es una preparación para la fiesta más grande: la Pascua de Jesús en la que celebramos nuestra propia resurrección como fruto de su resurrección y entrega para salvarnos.
Para vencer las tentaciones ten en cuenta el consejo que nos da hoy san Pablo:
“La Palabra está cerca de ti. La tienes en los labios y en el corazón.
Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos te salvarás”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo
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